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La epidemia de gripe de 1918

Al igual que el resto de la humanidad, Mazarrón ha conocido a lo largo de la historia el azote de numerosas epidemias, pandemias, brotes de enfermedades e, incluso, por su localización costera, ha sido vía de entrada y propagación de este tipo de males. La fiebre amarilla procedente de los trópicos y que afectó a Lorca a principios del s.XIX se presentó en varias oleadas durante la primera década del siglo. En 1804 la epidemia entra por el puerto de Cartagena y ocasiona 11.445 víctimas, llevándose por delante a la tercera parte del censo local. En 1810 vuelve a aparecer en aquella ciudad y, al año siguiente, se propaga a través del término de Mazarrón haciendo irrupción en el campo de Lorca y alcanzando al valle del Segura, la capital con sus pedanías y la comarca limítrofe con Orihuela.

                 Antes de esto, el municipio ya estaba familiarizado con brotes de todo tipo: paludismo, cólera, viruela… que se presentan periódicamente en la localidad. De especial relevancia es el año 1786, cuando toda la población se contagia de calenturas malignas y tabardillos extendiéndose la enfermedad entre los meses de febrero y junio. La situación fue tan extrema que los vecinos llegaron a salir a la calle acompañados del clero regular a implorar protección divina, trasladando en procesión una imagen del crucificado desde la parroquia de San Andrés hasta el Convento. Y todavía no recuperados los vecinos de este episodio, al año siguiente se conoce la propagación de la peste por la costa vecina de Argel, con la consiguiente movilización de la población a fin de establecer el preceptivo cordón sanitario, escopeta en mano. En efecto, cuando se tenían noticias sobre la propagación de alguna enfermedad infecciosa por la costa africana (Argel, Rabat, Melilla, Fez, Orán, etc) la actuación consistía en instalar barracones en la costa con una dotación de hombres que hacían la ronda cada pocas horas. En caso de ver algún "sospechoso de enfermedad" el procedimiento era bien simple: directamente se le pegaba un tiro y se le enterraba donde mismo.

                 Todo ello para evitar la propagación de epidemias como el paludismo de 1794 que llegó a dejar las iglesias del pueblo sin sitio para poder enterrar a la gente por el elevado número de defunciones que se producían. Los vecinos incluso barajaron la idea de dejar los cadáveres expuestos a las inclemencias porque, según la crónica del momento "apenas hay casa en la que no haya cinco o seis enfermos y a los párrocos no les basta el día y la noche para administrar los sacramentos a los difuntos".

                 Conforme avanza el s.XIX el impacto de las epidemias será cada vez menor al ir adoptando las poblaciones costumbres de higiene diaria y conforme el progreso lo va permitiendo. Pero la gravedad de todas estas afecciones que hemos visto anteriormente no tuvo ni punto de comparación con la epidemia de "gripe española" de 1918-19 que fue llamada así aunque no se originó en España y que se llevó la vida de 50 millones de personas en todo el mundo. En aquellos años, el municipio vivía en plena decadencia de la actividad minera, con el cierre de las explotaciones y cientos de obreros que se quedaban en la calle sin posibilidad de llevar sustento a sus familias. Por si fuera poco toda esta miseria en la que se ve envuelto Mazarrón en aquellos años, hace aparición esta epidemia de gripe que acabará con la vida de muchos vecinos de la localidad.

                 El 15 de noviembre de 1918 se reciben en Murcia noticias de que en Mazarrón han parado los trabajos tres minas más, con lo que se agrava la situación de los vecinos que se quedan sin trabajo. Al parecer, la situación ya se venía arrastrando desde hacía tiempo por lo que el Gobierno había destinado fondos que los mazarroneros estiman insuficientes porque consideraban que apenas les daría para aliviar la situación durante tres días por el gran número de obreros parados. Ante la gravedad de la situación, los mineros se reunieron y acordaron pedir el apoyo a la prensa de Murcia y de Madrid con el fin de presionar al Gobierno instándolo a adoptar medidas urgentes. Cuando terminó la reunión, los obreros salieron y, a su paso por la calle, las señoritas bien les arrojaban limosnas desde los balcones. Mientras en el ayuntamiento se celebraba una sesión permanente, las fuerzas vivas del orden público se concentraban en la localidad en previsión de graves desórdenes si no se resolvía con rapidez el conflicto.

                 En esas estamos mientras la epidemia se propaga como la pólvora. En Madrid, a primeros de octubre de 1918 el alcalde ordena instalar en las estaciones de trenes equipos completos de desinfección de viajeros y equipajes. Además, todos los viajeros serán vacunados sin excepción, al igual que los mendigos recogidos en la vía pública. Y por si la gripe no era suficiente, entra en escena también un fuerte foco de viruela. Las autoridades sanitarias del momento deciden que "para combatir esta y toda otra enfermedad infecciosa e infectocontagiosa que pudiera presentarse se acordó, con objeto de poder tomar en cada caso las medidas sanitarias oportunas encarecer a todos los médicos, cabezas de familia, dueños de hoteles, fondas, posadas, fábricas, talleres, colegios, etc, la ineludible necesidad, así como la inexcusable obligación que tienen de dar cuenta al inspector municipal de sanidad, subdelegado de medicina del correspondiente distrito, de todo caso infeccioso que conozcan".

                 En Murcia, se considera de extrema gravedad la situación en Mazarrón donde la enfermedad ofrece caracteres gravísimos con decenas de defunciones (el 6 de octubre se registraron 12 muertos y el día 7, seis). Al día siguiente de conocerse estos hechos, la prensa vuelve a resaltar la situación extrema que viven algunos municipios, especialmente Mazarrón y La Unión. En la provincia se registran numerosos contagios, en tan sólo 24 horas 125 nuevos casos en la capital y 201 más en la Huerta. En Mazarrón se conoce la noticia de que todos los médicos se hallan infectados y ha enfermado hasta el director de sanidad del Puerto, Emilio Ibáñez, que se prestó para sustituirlos. La epidemia se abre paso por toda Murcia y el 17 de octubre se anuncia que ya ascienden a 11.000 los casos registrados, "la fuerza del mal es tanta que no hay manera de atajarlo y los médicos, a pesar de sus incesantes trabajos, no pueden atender a todos los enfermos".

                 A una asistencia insuficiente se suma la carestía de medicamentos y productos de primera necesidad, faltan alimentos, la leche escasea y además algunos vendedores la adulteran.  Las noticias que llegan de Mazarrón citan seis defunciones el 17 de octubre de 1918 y se indica que ha muerto el propio párroco Manuel García Martínez, que se contagia ayudando a socorrer a los afectados. Al día siguiente se conoce también el fallecimiento del médico Francisco Muñoz Vivas. Se da la circunstancia de que suelen actuar a la vez el médico y el párroco ante el enorme número de casos que se registran ocasionando el contagio y en ocasiones también la muerte de algunos de ellos.

                 El 18 de octubre se piden a Madrid más aparatos de desinfección para Murcia, en Mazarrón se cuentan 15 fallecidos más. Una semana después la situación no mejora, en el pueblo sigue la epidemia con la misma intensidad y se registran numerosas defunciones, al igual que en Molina de Segura y Fortuna. Murcia junto con Barcelona, Santander y Granada, son las regiones más afectadas mientras que la prensa anuncia que en las demás provincias la epidemia tiende a decrecer.

                 Tras la epidemia de gripe, los obreros de Mazarrón siguen inmersos en la última etapa de la minería local, con el cierre continuo de explotaciones. En 1920 amenazan con ir a la huelga si no se les concede la jornada de ocho horas y un aumento en los jornales del 75%. Además, la huelga se relaciona con movimientos sindicalistas registrados en la provincia en esos días por lo que se enviaron fuerzas de la Guardia Civil en previsión de altercados. En Murcia, el gobernador ordenaba la suspensión de mítines sindicalistas en toda la provincia debido a la campaña que venían registrando cuatro catalanes que habían llegado hacía pocos días. Por si faltaba algo en medio de este panorama tan desolador, la seguía agudiza la crisis y se celebra en la localidad una manifestación de 2.000 obreros del campo pidiendo que se emprendan obras públicas para dar trabajo a los mineros en paro por la crisis obrera.

                 Nuevos casos de gripe con especial incidencia en la población volverán a aparecer. De ellos, el de 1931 que conocemos cuando la prensa anuncia que la epidemia griposa ya remite y lo hace en unos términos más que elocuentes "La epidemia hace crisis, al fin, y va a dejarnos en paz".

Juan Francisco Belmar González

 

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